
Lo que los políticos no han logrado, porque un hacha de guerra enterrada no produce el voto ignorante y contaminado que, sin duda, lleva al poder, lo está logrando un deporte, triste espectáculo para una nación acostumbrada desde siglos a unirse bajo una misma bandera por causas que nada tenían de efímero. Y el fútbol, si algo posee como propio es lo efímero, lo pasajero y lo intranscendente en relación a los logros de un pueblo y una nación.
Y que la inmensa mayoría de los españoles hagan suyo los colores de la bandera que siempre fue la suya, no deja lugar a dudas de que España existe como pueblo y de que España anhela ser un pueblo unido, y no ese engendro federal que pretende el PSOE, los separatistas y sus ecuaciones lingüísticas de nacionalidades históricas maceradas en delirantes demogonías estampadas a hierro en las cabezas de esos que siguen sin desear ver.
Y cómo no, el fútbol, la religión de los que no creen ni en la religión ni en la política ni en las cosas que carecen de lo efímero, ha hecho brotar ese sentimiento latente y desconocido para muchos de la pertenencia a algo que les supera a través de una causa común, una bandera común y una lengua común. De ahí resulta paradójico, y hasta grotesco, que los que se han esforzado por hacer creer a los españoles que España no era lo que es, se erijan ahora como los adalides del sentimiento español, desde PRISA al PSOE, desde todos los productos televisivos de CUATRO hasta los que le llaman a uno facha por exhibir una bandera española sin haber Eurocopa.
Y es que CUATRO, los dirigentes de PRISA y los dirigentes del Gobierno sabían de la latencia de España como nación y la han usado, fingiendo una pasión que han maldecido a sabiendas de ser escuchados. Y han usado el fútbol, para que dentro de cuatro años, cuando nos elimienen en cuartos, nadie recuerde que un día todos fueron españoles.