Si los trabajadores representan el alma del pueblo, ¿por qué éstos no luchan contra la imposición pacífica del poder? Podría ocurrir que protestasen por vicio pero también que los trabajadores que se esconden tras unas siglas caducas suelan caer en el pecado del burgués, pedir lo que piden todos, pero sólo para uno mismo.
Cambiar los postulados de las reivindicaciones del primero de mayo para que, quien tiene poder de mejorar la situación, salga indemne de su propia responsabilidad, podría asemejarse bastante a la bajada de pantalones de aquellos que pudieron defender España ante la fraternidad de José Bonaparte y prefirieron mantener el chiringuito montado a partir de la igualdad y la libertad que ellos mismos decían defender, en vez de reencontrar su dignidad con los pobres trabajadores.
Esta gran nación no ha cambiado mucho desde entonces. Ahora, los voceros de la ocultación gubernamental rinden pleitesía a la cartera que más suelta billetes, de euros, aferrándose a banderas que nada tienen que ver con la libertad, sino más bien con el absolutismo que tanto dicen odiar, aunque tengan muchos colores y no les importe ser usadas porque fueron creadas para eso, para que una igualdad vacía silencie la verdadera miseria de los ciudadanos y la culpa de sus responsables.