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viernes, 11 de abril de 2008

Espantada diputada

Que la altura política de los políticos que pretenden gobernarnos no puede ser calificada ni de "altura" es una verdad que sabemos de cajón, tal y como dijo Rajoy en su intervención, "por sus hechos (frutos) los conoceréis" (Mt 7, 16). Y nada más cierto, don Mariano, nada más cierto.

La bochornosa imagen dada por sus señorías a través de la señal de televisión deja constancia de que nada ha cambiado en España en estos desastrosos y lamentables cuatro años que nos han tocado vivir desde la barrera de la ciudadanía.

Las mismas riñas, los mismos argumentos sin argumento, más de lo mismo y lo mismo de lo más y de lo menos. Y no es que Durán y Lérida sea santo de mi devoción, pero la escena de un diputado intentando soltar su retahíla mientras los demás "compañeros" huían del hemiciclo espantados cual búfalos democráticos tras la respuesta de Zapatero al jefe de la oposición, supera cualquier espectativa en torno a la deriva que sufre España a día de hoy.

Y no es por nada, pero el sueldo de sus señorías lo pagamos los que no tenemos ese rango, casi de carácter imprimido, que tienen los diputados de ese corral en forma de croissant, un lugar donde el trabajo es para el más tonto y donde la mentira es la forma de la verdad. Bochornosa imagen de la espantada diputada que es capaz de seleccionar su horario de trabajo, cuyos descansos se pagan a precio de día de fiesta. Si no son capaces de aguantar el tipo uno de los pocos días en los que trabajan, ¿cómo es que son capaces de llevar España? Mentirosos. Vagos. Inútiles. Ladrones.

martes, 26 de febrero de 2008

Round uno, la imagen contra los argumentos

Rajoy gustó y se gustó, sobre todo, en la primera parte de la contienda. Zapatero, fue ganando terreno hasta que terminó a la misma altura. O, al menos, así creo yo. La propia imposibilidad de un diálogo, dado los argumentos defensivos de Zapatero y los coherentes ataques de Rajoy, dejaron a los espectadores más indiferente que con una opinión clara y concisa de las posturas de cada uno. De hecho, el debate no era para eso.

No quiero ser optimista, pero tampoco tengo motivos para ser derrotista. Yo iba con Rajoy, y seguro que mi visión no puede ser menos que parcial, aún más, conociendo los argumentos de uno y de otro, como todos conocemos. Porque Rajoy fue contundente, y dijo lo que pensaba, y lo que piensan diez millones de españoles, y alguno más, seguro. Zapatero, inmerso en sus latiguillos torticeros de siempre, no se abajó como tenía que hacerlo por su condición de Presidente del Gobierno. Refirió continuamente al pasado, sobre todo, al Gobierno de Aznar sin demasiado acierto. Argumentos maníos que recordaban la historia reciente de España, pero que no convencieron a nadie, si acaso a sus votantes acérrimos.

La exposición de Rajoy se basó en las preocupaciones de los españoles que sobresalen en cualquier encuesta. Terrorismo, inmigración, paro, educación y vivienda. Y la hizo con arte, con estilo, con claridad, usando términos compresibles por todos los ciudadanos. Dio la imagen, que es lo importante, de que sabía de lo que hablaba y que tenía motivos para creer que él sí que lo podía hacer mejor que Zapatero, aunque no tiró demasiado de medidas concretas porque se lanzó a poner sobre la palestra las incoherencias, la ineficacia y las mentiras del gobierno de Zapatero.

Pero Zapatero, no afrontó el debate como candidato, sino como presidente y, por eso, inevitablemente, tuvo sus ases en la manga, el supuesto prestigio de la gestión y la urgente confianza de los españoles en 2004. Ése fue su juego, criticar la gestión de Rajoy como minsitro y recalcar las cifras ampliamente mejoradas de su gobierno según sus fuentes, curiosamente, las mismas que manejó Rajoy, pero de muy diferente resultado. Alguien, sin duda, mentía.

Bien Rajoy en hacer hincapié en la doble cara de Zapatero, en mostrar sus vergüenzas. Mal Rajoy al no responder a la atosigante interpelación sobre el trasbase del Ebro. Mal en el colofón de la niña. Mal en el nerviosismo de la segunda parte.

Bien Zapatero en la imagen de víctima ofendida que dio resultado. Esperaba que Rajoy dijera los que dijo sobre las víctimas del terrorismo y Zapatero lo aprovechó. De hecho, en la mayor parte de las tertulias posteriores no querían salir del tema. Mal Zapatero en la defensa de su gestión, porque no había gestión que defender. Mal sus silencios. Mal su intento de intimidación ocular. Mal las crisis momentáneas ante los argumentos de Rajoy. Mal la continua apelación al pasado. Mal el olvido de los problemas reales de los ciudadanos y su negativa a hablar de propuestas y de futuro. Cosa, que sí hizo Mariano Rajoy.

El balance, por tanto, intentando ser lo más objetivo posible, es, unas tablas mediáticas entre los dos contrincantes que se decanta ligeramente por Zapatero y una, no muy extensa, victoria de Rajoy en cuanto a los argumentos y la razón fundamental del debate. Tan importante fue el debate, como las tertulias posteriores, que se encargaron de tapar la falta política de Zapatero fijando los puntos de vista sobre las debilidades de Rajoy. Pero eso, ya lo sabíamos.